viernes, 4 de marzo de 2016

Viajes

Conocí a mi musa a las puertas del infierno; ella con alas blancas y yo con la misma fe que tiene un hombre muerto, la camisa llena de manchones y lágrimas con sabor a derrota.
Yo, mientras tanto, seguía bailando con las palabras, tratando de ser justo cuando menos debía, cebándome con el placebo que proporcionaban sus desventuras fusionadas con las mías.

Ella no sabía que yo era el capitán de esta voz rajada, de las flores que nacieron bajo las brechas del asfalto buscando el sol que nunca llega tras la nube, pero que un día llegó.
La miré y en sus ojos vi la llama que le faltaban a mis versos, el tic-tac que perdí en el compás desacompasado de mi vida. Así que le cogí la mano y la invité a mi viaje de ida, pero no de vuelta. Dudosa, se aferró a mi con la misma incertidumbre que narraban mis poesías; el frenesí de mi día a día, mis locuras y mis ratos de efímera cordura.

Yo le regalé algún verso, pues mis besos aún no estaban valorados. La sensación de morir preso siempre quedaba presente cada vez que volvía a abrir la boca para hablar de mis sentimientos.
Fue mi baluarte en tiempos de guerra; el lienzo sobre el que yo imaginaba mis más sinceras pasiones, cuando por pasiones me refiero a desgarrar cada segundo que me dió la vida.

No sé dónde acabará este viaje de ida; sólo mírame a los ojos, cédeme tu rutina; construye mi corona de espinas y si hoy tengo que morir que sea contigo para poder mirarte, mientras mi segundo viaje al infierno acecha la necesidad de volver a buscarte.

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