jueves, 17 de diciembre de 2015

2015

Qué te voy a decir que no sepas. Aquí estamos de nuevo; frente a frente, tú esperando explicaciones y yo retratando mis súplicas sobre tu piel en versos. Tú que te levantas cada madrugada a escucharme cuando ni la luna se atreve a ser testigo de mis desengaños, de mis locuras; de mis despropósitos. No puedo proponerte nada que no sea el calor de mis palabras: a veces sinceras, a veces complejas, a veces dichas y a veces calladas, mostradas al silencio para que la vida no me pille cada vez que intento andar a través de ella con pies de plomo.

Gracias por darme tu apoyo cuando todo se había derrumbado, por ser guía y luz en las tinieblas, por tu ayuda desinteresada cuando todos los demás giraban su cuello para no oir mis batallas. Se que algún día seremos grandes.

Gracias por estar junto a mi las veces en las que me han roto el corazón y tejer de nuevo los pedazos que me faltaban a base de tinta y lágrimas. Por las veces que te dije que te fueras y sin embargo te quedaste a mi lado; queriendo hundirte en mi barco, siendo naúfrago en esta fiesta insana a la que llaman vida.

Gracias por acompañarme en el vals de las noches sin salida, en las madrugadas solitarias, en los momentos de locura, esos en los que yo sólo quería estar conmigo mismo y tú no me dejabas escapar de mi propia realidad.
Por hacerme retratar en mis textos lo que siento y no lo que los demás me dicen que debo sentir.

Gracias por llorar a mi lado cuando la muerte sobrecogió la vida de mis seres más cercanos; por acompañarlos al cielo con la única verdad que puede y debe penetrar en un corazón lleno de orgullo y de lamentos.
Por hacer que mis latidos sonaran en la eternidad de sus almas y que parte de ellas quedaran aquí conmigo.

Gracias.

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